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    07-08-2012
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4891 Escrito por Nómada de la estepa

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Título del relato de ficcion: 4891.
Este relato corto ha sido escrito por: Nómada de la estepa




Sabía a dónde se dirigía y cuál era la solución a sus problemas. O, al menos, necesitaba creer que así era. El fin de sus desdichas debía encontrarse tras la última puerta a la izquierda del callejón que transitaba, en el extrarradio de la urbe cercano a la sección de explotación primaria de animales.
Había logrado burlar la constante vigilancia a la que era sometido desde el día en que despertó encontrando un sobrebolsa sellado herméticamente en su mesita de noche, en cuyo interior se hallaba el mensaje que cambiaría su vida y que, por lo tanto, no olvidaría jamás: “Buenos días, proletario. Hemos descubierto sus actividades subversivas y hemos actuado en consecuencia. Durante el transcurso de esta noche, más concretamente a las 3:00 horas de hoy, 29 de junio de 4891, se le ha implantado un chip de control por razones de seguridad. El Estado tiene razones para desconfiar de usted y usted sabe bien el porqué, al igual que nosotros. A partir de este momento le queda denegada la salida de la urbe 24 de la región sur del Estado bajo pena de muerte. Lleva un chip bajo la piel que, en cuanto salga de la zona permitida, soltará en su organismo una cantidad suficiente de cianuro como para acabar con usted. No trate de encontrarlo y manipularlo porque el efecto será el mismo. Además, el chip, aparte de ser localizador y llevar una carga de cianuro, transmitirá a la central de Policía Estatal sus datos fisiológicos, tales como el ritmo cardíaco, y transmitirá los sonidos que usted emita para que sean controlados. En definitiva, el mejor consejo que le brinda el Estado es que recapacite, deje de lado sus acciones y pensamientos subversivos y así, con un poco de suerte, en cuanto vuelva al buen redil, recuperará la libertad de movimientos, aunque el chip de control deberá llevarlo de por vida pues quien tuvo, retuvo.
PD: este mensaje se degenerará en contacto con el oxígeno del ambiente. En cuanto lleve tres minutos fuera del sobre con atmósfera protectora, se convertirá en polvo rápidamente”.

El sonido de sus pasos retumbando por la solitaria calle era su única compañía. Afortunadamente, el barrio que transitaba era tan humilde y despoblado que carecía de interés para los Controladores del Orden del Estado y, por ende, no había más que un puñado de cámaras de vigilancia colocadas en puntos estratégicos y relativamente fáciles de evitar.

Durante los dos primeros meses que siguieron al suceso antes citado, nuestro protagonista fue familiarizándose con el espionaje continuo al que era sometido pues, aparte de las patrullas de vigilancia y las cámaras de control a las que, hasta el momento, casi había ignorado por ser percibidas como parte natural del ambiente, habían que sumarse toda una serie de individuos que le seguían a todas horas desde distancias prudenciales. Así pues, al haber prestado atención a todos los métodos de control a los que estaba sometido –al igual que la mayoría de la población, empezó a aprender de forma casi instintiva toda clase de maniobras de contraespionaje que procuraba no usar para aparentar normalidad y arrepentimiento. Como si sus acciones subversivas hubieran sido causadas por una especie de delirio temporal. O, al menos, eso es lo que quería hacer creer a las autoridades y espías. Era consciente de que cada palabra que saliera de su boca o cada subida de tensión arterial o ritmo cardíaco serían detectados por sus controladores y podrían delatarle, así que, lentamente, fue dominando un férreo autocontrol físico y mental.
Durante los primeros días, tras la grave noticia, reaccionó con pánico, pues se veía ya con un pie en la tumba. Era sabido que, a menudo, alguna que otra persona caía fulminada por las calles o afueras de las urbes del Estado y, según la versión oficial, eso se debía a un fallo cardíaco. Y en parte era cierto: de que se les paraba el corazón no cabía duda. El cianuro era la parte desconocida ya que los que llevaban un chip de control, por puro miedo, no iban contándolo por ahí sino que, como él, en un primer momento trataban de aparentar normalidad y olvidarse de sus ideales, tan lejanos a los valores fascistas del Estado. Pero tarde o temprano terminaban yéndose de la lengua o su propio cuerpo los acababa delatando y ese era motivo suficiente para que, a miles de kilómetros de distancia, quizá, un sombrío funcionario apretara el botón rojo y volviese a casa con la satisfacción del deber cumplido. Pero nuestro hombre ya había pasado esta etapa con éxito, afortunadamente.
Una vez habiendo logrado domar sus impulsos y templar su mente llevó a cabo la segunda parte de su plan: se plantó ante la sede de la revista de la Resistencia que tantas veces había pisado sintiéndose seguro una organización del todo clandestina y se sentó en un banco fingiendo aburrimiento o cansancio. En cuanto un mocoso pasó por allí le entregó un sobre con un mensaje y un billete de cien créditos dinerarios. En el exterior del sobre le hacía partícipe de las instrucciones a seguir y, realmente, el chiquillo cumplió con su cometido perfectamente pues volvió a los pocos minutos con un mensaje de vuelta.
Cabe comentar que el Estado sabía de sobras la existencia y ubicación de toda clase de organizaciones contrarias al régimen, pero permitía su existencia por un simple motivo: con un par de guardias parapetados en un banco ante dichas sedes podían ir descubriendo a los subversivos uno a uno para luego actuar de forma concreta y en consecuencia, normalmente por el método del chip de cianuro, con tal de doblegar su alma. Si no se doblegaba, eso le llevaba a la muerte.
La carta que le había entregado el muchacho había salido de la redacción ilegal, a la que él tantas veces había hecho llegar personalmente o de formas más sutiles sus escritos en forma de relatos surrealistas con un grave trasfondo antifascista, y en ella constaba la dirección de la única persona que podría ayudarle.

Gracias a la normalidad que había aparentado desde el principio –y que había logrado que los espías bajaran la guardia, su autocontrol y sus conocimientos de contraespionaje, ahora se encontraba a pocos pasos de su salvación. Picó a la puerta. Del otro lado, una voz dijo “Es tarde”. “Nunca es tarde para hablar en sueños”, respondió nuestro protagonista, a modo de contraseña. Toda una serie de cerrojos fueron corriéndose para dejar la puerta entreabierta y dejar paso al visitante. Una vez dentro, como estaba previsto, nadie dijo ni la más mínima palabra y el extraño anfitrión, raudo, se hizo con un detector especial que empezó a pasar por el cuerpo de su invitado. Pronto detectó el chip en el interior del testículo izquierdo y se procedió a preparar la operación de extracción.
Nuestro hombre procuraba mantener la calma y más le valía pues, para no alterar su estado físico la operación debería desarrollarse sin anestesia, para que nada pudiese llamar la atención de sus controladores. Con un poco de suerte, el fulano que debiera controlarle estaría ocupado con otros asuntos y ni siquiera se hubiese percatado de lo único anormal de la pantalla: su posición.
El cirujano le metió en la boca un pedazo de cáñamo para que lo mordiera, le sujetó de muñecas y tobillos a las patas de la improvisada camilla, le extrajo con maestría el testículo “infectado” y, tras taponar la herida, trajo un cerdo, le rajó el lomo y, antes de que el chip pudiese detectar la bajada súbita de temperatura, metió dentro de su cuerpo la mutilación, tras lo cual cosió a ambos. Entonces susurró: “Ahora el chip detecta los datos fisiológicos del cerdo, muy similares a los humanos. Aun así, le aconsejo abandonar el país cuanto antes, aunque sea a nado, porque como a un guardia le de por controlar su Código Estatal de Identidad, el tatuaje de la nuca, ya sabe, descubrirán el pastel. No tiene un minuto que perder”.


 
 
 
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