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    14-04-2009
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El viejo acabado Escrito por Samuel Sayer

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Título del relato de ficcion: El viejo acabado.
Este relato corto ha sido escrito por: Samuel Sayer




Yo andaba borracho, tambaleando mi autoestima y apostando mi equilibrio en cada paso. Me agarraba a los ladrillos rojos de la sucia pared exterior de un bar. Mis manos se ensuciaban más y más a cada metro, mi esperanza se ensuciaba más y más a cada centímetro. Dividí los olores de la calle y encontré uno especial. Llegué a la esquina. Me senté en el suelo apoyando mi espalda en los ladrillos rojos. Mientras mi pobre alma llena de whisky intentaba fijar un punto con la mirada donde descansar, al mismo tiempo, pasaba por la izquierda como una estrella fugaz. Era ella, la mujer de mi vida. Era buena. Muy buena.

Sólo me dió tiempo a farfullar fonemas aleatorios cuando ya había desaparecido por las columnas y los taxis… por el consumismo de cadáveres que son algo. Algo Real. Algo asqueroso, como una buena mierda maloliente que ocupa la mitad de la calle. Cojí una piedra y la lancé. La lancé a la Nada. Me llegaron tintineos de lo que era un cristal roto. Derrepente la luz se apagó y desperté en un callejón. Sentía que estaba en unos suburbios de Tokyo o algo parecido. Salí a la calle, miré la hora: 12:55.

Dos horas después estaba en mi apartamento. Recordaba la mujer de la última noche: la mujer de mi vida. Era ella. Sólo ella manejaba así las piernas, las dominaba con la soltura del ejército ruso entrando en Berlín. Se me escapó como a quien se le escapa el autobús para ir al trabajo, mi autobús iba al infierno. El infierno doloroso, infestado de perfume francés y locura reprimida. Miré por la ventana, se veía algún coche por la calle y algún viandante, policía, miedo, estructuras, patrones y un puesto de helado. Decidí ir de nuevo a la esquina de aquella calle a esperar que pasara la mujer de mi vida. Tendría que esperar hasta la noche. Durante el día me atreví a entrar en un centro comercial. No sabía muy bien si lo que quería era encontrarla ahí o dejar perder el tiempo en lo infinito. Entré y me senté en un banco. Vi pasar a cientos de personas en un instante a traves de mi mirada. Mi campo de visión se llenaba de todo tipo de personajes. Creí verla como tres veces, pero no era ella. No era la mujer de mi vida; mi infierno. Como la anterior noche me fui a emborrachar al mismo mugriento bar. Después de anestesiarme con alguna copa salí. La noche era tenue. Me desarmé en el mismo punto que la noche anterior. Y, como todo ser humano contaminado por su entorno, me dediqué a esperar. Y esperé mientras sonaban violines y volaban vagabundos; los coches ardían, las farolas eran estrellas. La luna era enorme como la piscina de un ricachón famoso.

¿Creían que no iba a pasar? Claro que lo hizo. Su vida se basaba en la rutina de pasar siempre por las mismas calles. Yo en cambio, era incapaz de crear una rutina. Mi organismo mental no estaba a la altura. La rutina me podía durar una semana como máximo, después escapaba, inconscientemente, a otro camino. Nunca vi a la rutina como un gran problema. La mujer de mi vida pasó de nuevo, el perfume francés, los pasos seguros, el baile interminable de su pelo. Esta vez me levanté, fui a por ella, sin pensar. Al intentar tocar su hombro no pude. Desapareció. Se hizo polvo. En mitad de la calle había un viejo acabado, que soñaba todavía con la mujer de su vida, que acababa de desaparecer entre las alcantarillas de la ciudad. Entre todos los insultos y rechazos con los que había tenido que pelear. Dulce, dulce era la sangre que se derramaba de sus ojos; y triste, triste era la luna que le alumbraba el rostro.


 
 
 
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